viernes, mayo 19, 2006


Cántico a San Leibowitz

A no ser por aquel peregrino que se le apareció de pronto en medio del desierto donde practicaba su ayuno habitual de Cuaresma, el hermano Francis Gerard de Utah jamás habría descubierto el documento sagrado. Era, desde luego, la primera vez que tenía ocasión de ver un peregrino vistiendo taparrabo, según la mejor tradición; pero una ojeada le bastó al joven monje para convencerse de que aquel personaje era auténtico. El peregrino era un viejo desgarbado, que cojeaba al apoyar el clásico bordón; su enmarañada barba mostraba unas mechas amarillentas alrededor del mentón, y llevaba una pequeña mochila al hombro. Se cubría con un gran sombrero, calzaba sandalias y llevaba atada a la cintura un trozo de arpillera pasablemente sucio y deshilachado. Este era todo su atavío, y le hombre avanzaba silbando (falso) por el pedregoso camino del norte. Parecía dirigirse a la abadía de los Hermanos de Leibowitz, que se levantaba a unos diez kilómetros hacia el sur.

Al percibir al joven monje en su desierto de piedras, el peregrino dejó de silbar y se puso a observarlo con curiosidad. El hermano Francis, por su parte, se guardó muy bien de infringir la regla de silencio establecida por su Orden para los días de ayuno; desviando rápidamente la mirada, continuó su trabajo, que consistía en construir una muralla de grandes piedras para proteger su morada provisional contra los lobos.

Un poco debilitado después de diez días de un régimen compuesto exclusivamente de bayas de cactos, el joven religioso sentía que la cabeza le daba vueltas mientras proseguía su labor. Desde hacía un buen rato, el paisaje parecía bailar ante sus ojos, y veía flotar unas manchas negras a su alrededor, por esto se preguntó si la burda aparición no sería un espejismo provocado por el hambre... Pero el propio peregrino se encargo de disipar sus dudas.

–¡Hola-ho! –gritó, a modo de alegre saludo, con voz agradable y melodiosa.

Como la regla del silencio le impedía responder, el joven monje se contentó con dedicar al suelo una tímida sonrisa.

–¿Es este el camino de la abadía? –preguntó entonces el caminante.

Sin alzar los ojos del suelo, el novicio asintió con la cabeza, y seguidamente se agachó a coger un trocito de piedra blanca, parecido al yeso.

–¿Y qué hace usted aquí entre tantas rocas? –prosiguió el peregrino, acercándose a él.

El hermano Francis se arrodilló apresuradamente para escribir en una piedra plana las palabras «Soledad y Silencio». Si sabía leer, –cosa poco probable, a juzgar por las estadísticas–, el peregrino comprendería que su sola presencia constituía para el penitente ocasión de pecado, y, sin duda, le haría la merced de retirarse sin insistir más.

–¡Ah, bueno! –dijo el barbudo.

Permaneció inmóvil un instante, paseando la mirada a su alrededor, y después golpeó una piedra muy grande con su palo.

–Ahí tiene una –dijo– que le servirá para su trabajo... Bueno, mucha suerte, ¡y ojalá encuentre la Voz que busca!

Por lo pronto el hermano Francis no comprendió que el desconocido había querido decir «Voz» con V mayúscula; imaginó sólo que el viejo le había tomado por sordomudo. Después de dirigir una rápida mirada al peregrino que se alejaba silbando de nuevo, se apresuró a dedicarle una bendición silenciosa para asegurarle un buen viaje, y reanudó su trabajo de albañil con el fin de construirse un pequeño reducto en forma de ataúd, donde pudiera tenderse adormir sin que su carne sirviera de banquete a los lobos.

Un rebaño celeste de cúmulos pasó sobre su cabeza: después de haber tentado cruelmente al desierto, aquellas nubes iban a ahora a verter en las montañas su húmeda bendición... Su paso refrescó un instante al joven monje, protegiéndole de los rayos ardientes del sol, y el hombre lo aprovechó para dar fin a su trabajo, no sin subrayar sus menores movimientos con oraciones murmuradas entre dientes, para asegurarse una verdadera vocación; porque ésta era, también, la finalidad que esperaba conseguir durante su período de ayuno en el desierto.

Por último, el hermano Francis agarró la enorme piedra que le había indicado el peregrino..., pero los saludables colores que le había dado su trabajo de fuerza se borraron de pronto en su semblante, mientras dejaba caer precipitadamente la roca, igual que si acabase de tocar una serpiente.

Una caja de metal oxidado yacía a sus pies, parcialmente hundida entre los guijarros...

Impulsado por la curiosidad, el joven estuvo a punto de cogerla, pero, pensándolo mejor, dio un paso atrás y se santiguó a toda prisa, murmurando unas palabras en latín. Después de lo cual, más tranquilizado, no temió ya dirigirse a la misma caja.

¡Vade retro, Satanás! –le dijo amenazándola con el pesado crucifijo de su rosario–. ¡Desaparece, Vil seductor!

Y, sacando disimuladamente un pequeño hisopo de debajo de su hábito, roció la caja con agua bendita, por lo que pudiera ser.

–Si eres criatura diabólica, ¡márchate!

Pero la caja no dio la menor señal de querer desaparecer, ni de estallar, ni siquiera de encogerse despidiendo olor a azufre... Se contentó con quedarse tranquilamente en su sitio, dejando que el viento del desierto evaporase las gotas benditas que la cubrían.

–¡Así sea! –dijo el religioso, arrodillándose para coger el objeto.

Sentado entre los guijarros, estuvo más de una hora golpeando la caja con una piedra grande para abrirla. Mientras trabajaba de esta guisa, se le ocurrió pensar que aquella reliquia arqueológica –pues estaba bien claro que de eso se trataba– era tal vez una señal enviada por el Cielo para indicarle que la vocación le había sido otorgada. Sin embargo, arrojó inmediatamente esta idea de su mente, recordando a tiempo que el padre abad le había puesto seriamente en guardia contra toda revelación personal directa de carácter espectacular. Si había salido de la abadía para ayunar cuarenta días en el desierto, pensó, era precisamente para que su penitencia le valiera una inspiración de lo alto llamándole a las Sagradas Ordenes. No debía confiar en ver visiones, ni en oírse llamar por voces celestiales: tales fenómenos en él, sólo habrían revelado una vana y estéril presunción. Eran ya demasiados los novicios que habían vuelto de su retiro en el desierto con abundantes historias de presagio, de premoniciones y de visones celestiales, siendo con ello causa de que el excelente padre abad adoptase una política enérgica frente a los presuntos milagros. «El Vaticano es el único capacitado para pronunciarse en esta materia –había gruñido–, y es preciso guardarse por tomar como revelación divina lo que no es más que efecto de la insolación».

El hermano Francis no podía, empero, dejar de manipular la vieja caja metálica con infinito respeto, mientras la martilleaba a más y mejor para abrirla...

De pronto, aquella cedió, su contenido se desparramó por el suelo, y el joven religioso sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. ¡He aquí que la misma Antigüedad iba a serle revelada! Apasionado por la arqueología, costábale creer lo que veían sus ojos, y pensó de pronto que el hermano Jeris iba a enfermar de envidia –pero pronto se arrepintió de este pensamiento poco caritativo y se puso a dar gracias al Cielo que le regalaba semejante tesoro.

Temblado de emoción, tocó con mano cautelosa los objetos contenidos en la caja, procurando separarlos unos a otros. Sus estudios anteriores le permitieron reconocer un destornillador –especie de instrumento destinado antaño a introducir en la madera puntas de metal estriadas– y algo parecido a una pequeña cizalla de hojas cortantes. Descubrió también un útil extraño, compuesto de un mango de madera podrida y de una lámina de cobre, que tenía aún adherida unas partículas de plomo fundido y que no pudo identificar. La caja contenía también un pequeño rollo de cinta negra y adherente, demasiado deteriorada por los siglos para que pudiera saberse lo que era, y numerosos fragmentos de vidrio y de metal, así como varios de esos pequeños objetos tubulares con bigotes de alambre que los paganos de las montañas consideraban amuletos, pero que ciertos arqueólogos creían que eran restos de la legendaria machina analytica, anterior al Diluvio de Llamas.

El hermano Francis analizó cuidadosamente todos estos objetos, antes de alinearlos a su lado, encima de la gran piedra plana; en cuanto a los documentos, los guardó para el final. Naturalmente, estos constituían como siempre el descubrimiento más importante, dado el reducido número de papeles que habían sobrevivido a los terribles autos de fe realizados en la Edad de la Simplificación, por un populacho ignorante y vengativo que no respetó ni siquiera los textos sagrados.

La preciosa caja contenía dos de estos inestimables papeles, así como tres hojitas de notas manuscritas. Todos estos venerables documentos eran extremadamente frágiles, pues la antigüedad los había resecado y hecho quebradizos; por eso el joven monje los manejó con las mayores precauciones, teniendo buen cuidado de protegerlos del viento con el faldón de su hábito. Por lo demás eran casi ilegibles y estaban redactados en inglés antediluviano, lengua antigua que, como el latín, se empleaba sólo por los monjes y en el ritual de la liturgia. El hermano Francis se puso a descifrarlos lentamente, reconociendo las palabras pero sin acabar de captar su significado. En una de las hojitas podía leerse: «1 libra de salchichas, 1 lata choucroute para Emma». La segunda hoja decía: «Pensar en recoger impreso 1040 para declaración impuestos». La tercera, en fin, sólo contenía cifras y una larga suma y después un número que evidentemente representaba un porcentaje substraído del total anterior y seguido de la palabra «¡Uff!». Incapaz de comprender una palabra de tales documentos, el monje se limitó a comprobar los cálculos y los encontró exactos.

De los otros dos papeles contenidos en la caja, uno, estrechamente enrollado, amenazaba con caer en pedazos si alguien se atrevía desenrollarlo. El hermano Francis sólo pudo descifrar dos palabras «Apuestas Mutuas», y lo volvió a la caja para examinarlo más tarde, después de sometido a un tratamiento de conservación adecuado.

El segundo documento era un papel muy grande, doblado varias veces sobre sí mismo y tan quebradizo por los pliegues, que el religioso tuvo que contentarse con separar cuidadosamente las hojas para echar una mirada.

Era un plano, ¡una red complicada de líneas blancas sobre fondo azul!

Un nuevo escalofrío recorrió el espinazo del hermano Francis: ¡era nada menos que un azul, uno de esos documentos antiguos y rarísimos que tanto apreciaban los arqueólogos y que tanto costaban de descifrar a los sabios e interpretes especializados!

Pero la increíble bendición que constituía semejante hallazgo no acababa aquí: entre las palabras estampadas en uno de los ángulos inferiores del documento, el hermano francis descubrió de pronto el nombre mismo del fundador de su Orden: ¡el venerable Leibowitz en persona!

Las manos del joven monje se echaron a temblar con tanta fuerza, a causa de su gozo, que a punto estuvo de romper el inestimable papel. Las últimas palabras que le había dirigido el peregrino volvieron entonces a su memoria: «¡Ojalá encuentre la Voz que busca!». Y sí que era una Voz la que acababa de descubrir, una Voz con V mayúscula, semejante a la que forman las dos alas de una paloma al dejarse caer desde lo lato del firmamento, una V muy grande, como en Vere dignum o en Vidi aquam, una V majestuosa y solemne, como las que decoran las grandes páginas del Misal, una V, en suma, como en Vocación.

Después de echar una última mirada al azul para asegurarse de que no estaba soñando, el religioso entonó una acción de gracias: «Beate Leibowitz, ora pro me... Sancte Leibowitz, exaudi me...», y esta última fórmula no carecía de cierta audacia, pues el fundador de su Orden ¡esperaba todavía la canonización!

Olvidando los mandamientos expresos del abad, el hermano Francis se levantó de un salto y se puso a escrutar el horizonte, hacia el Sur, en la dirección que había seguido el viejo caminante del taparrabo de arpillera. Pero el peregrino había desaparecido hacía ya rato... Seguramente era un ángel del Señor, se dijo el hermano Francis, y, ¿quién sabe?, acaso el bienaventurado Leibowitz en persona... ¿No le había indicado precisamente el lugar donde descubrir el maravilloso tesoro, aconsejándole que levantara determinada piedra en el momento en que le dirigía su profética despedida...?

El joven religioso permaneció sumido en sus entusiastas reflexiones hasta la hora en que el sol poniente vino a ensangrentar las montañas, mientras las sombras crepusculares se agrupaban a su alrededor. Sólo en este momento, la noche que se acercaba vino a arrancarle de su meditación. Se dijo que el inapreciable don que acababa de recibir no le serviría probablemente para defenderse de los lobos, y se apresuró a terminar su muralla protectora. Después, al encenderse las estrellas, reanimó su fogata, y cogió las pequeñas bayas violetas que constituían su cena. Este era su único alimento, a excepción de un puñado de granos de trigo secos que un sacerdote le llevaba todos los domingos. Por esto solía mirar con avidez a los lagartos que pasaban sobre las rocas próximas... y sus sueños se poblaban a menudo de pesadillas de gula.

Aquella noche, empero, el hambre había pasado a un segundo término de sus preocupaciones. Ante todo, habría querido correr a la abadía para comunicar a sus hermanos el maravilloso encuentro y el milagroso descubrimiento. Pero, naturalmente, esto era absolutamente imposible. Con vocación o sin ella, tendría que permanecer allí hasta el fin de la Cuaresma y continuar como si nada le hubiera ocurrido.

«Construirán una catedral en este lugar», soñaba, mientras se adormilaba junto al fuego. Y ya su imaginación le mostraba el suntuoso edificio que surgiría de las ruinas del antiguo pueblo, con sus altivos campanarios que podrían verse desde muchos kilómetros a la redonda.

Acabó por dormirse y, cuando se despertó sobresaltado, unos vagos tizones resplandecían apenas en la fogata agonizante. De pronto tuvo la impresión de que no se hallaba solo en el desierto... Entornando los párpados, se esforzó en penetrar las tinieblas que le rodeaban, y entonces percibió, detrás de las últimas brasas de su escuálido hogar, las pupilas de un lobo que resplandecían en la oscuridad. El joven monje lanzó un grito de espanto y corrió a refugiarse en su ataúd de piedras resecas.

El grito que acababa de lanzar, se dijo mientras se echaba temblando en el suelo de su refugio, no constituía, hablando con propiedad, una infracción de la regla del silencio... Y se puso a acariciar la caja de metal, estrechándola contra su corazón y rezando para que la Cuaresma se acabara pronto. A su alrededor, unas garra arañaban las piedras del cercado...

Todas las noches rondaban los lobos alrededor del miserable campamento del religioso, llenando las tinieblas con sus aullidos de muerte, y, durante el día, se debatía el hombre entre verdaderas pesadillas provocadas por el hambre, el calor y las implacables mordeduras del sol. El hermano Francis pasaba su jornada recogiendo leña para su fogata, y también rezando y ejercitándose en dominar su impaciencia para ver llegar por fine el Sábado Santo, que señalaría el fin de la Cuaresma y de su ayuno.

Sin embargo, cuando amaneció el día feliz, el joven monje, debilitado por las privaciones, no tenía ya fuerzas para alegrarse. Abrumado por una lasitud inmensa, hizo sus alforjas, se cubrió la cabeza con la capucha para resguardarse del sol y tomó la preciosa caja bajo el brazo. Después, aligerado en quince kilos desde el miércoles de Ceniza, emprendió con paso vacilante los diez kilómetros que le separaban de la abadía... En el momento justo de llegar a la puerta, se derrumbó, agotado. Los hermanos que le recogieron y que prodigaron sus cuidados a su pobre armazón deshidratado contaron que, durante su delirio, no había cesado de hablar de un ángel con taparrabos de estameña y de invocar el nombre del bienaventurado Leibowitz, dándole fervorosas gracias por haberle mostrado las santas reliquias, así como las Apuestas Mutuas.

El rumor de estas visones corrió entre la comunidad y llegó con demasiada rapidez a oídos del padre abad, responsable de la disciplina, el cual apretó fuertemente las mandíbulas. «¡Que me lo traigan!», ordenó, en un tono capaz de dar alas al más perezoso.

Mientras esperaba al joven monje, el abad empezó a andar arriba y abajo, mientras iba acumulando cólera. Naturalmente, no se oponía a los milagros, ni mucho menos. Aunque fuesen difícilmente compatibles con las necesidades de la administración interior, el buen padre creía a machamartillo en los milagros, puesto que constituían la base misma de la fe. Pero pensaba que, al menos, los milagros deben ser verificados y autentificados en la forma prescrita y según las normas establecidas. Efectivamente, desde la reciente beatificación del venerado Leibowitz, esos jóvenes monjes se empeñaban en ver milagros en todas partes.

Y por muy comprensible que fuese esta propensión a lo maravilloso, no era por ello menos intolerable. Ciertamente, toda orden onomástica digna de este nombre debe sentir la viva preocupación de ayudar a la canonización de su fundador, reuniendo con el mayor celo todos los elementos susceptibles de contribuir a ella, ¡pero todo tiene sus límites! El caso era que, desde hacía algún tiempo, el abad había podido comprobar que su rebaño cultural tendía a hurtarse a su autoridad, y el celo apasionado que ponían los jóvenes hermanos en descubrir y registrar milagros había puesto de tal modo en ridículo a la Orden Albertina de Leibowitz, que hasta en el Nuevo Vaticano se reían a mandíbula batiente...

Por ello estaba decidido el padre abad a mostrarse riguroso: en adelante, todo propagador de noticias milagrosas sería castigado. En el caso de que el milagro fuese falso, el responsable pagaría de ese modo el precio de su indisciplina y de su incredulidad; si el milagro era auténtico y resultaba comprobado por verificaciones posteriores, el castigo sufrido constituiría la penitencia obligada que deben cumplir todos los que se benefician del don de la gracia.

En le momento en el que el joven novicio llamó tímidamente a la puerta, el buen padre, terminadas sus reflexiones, se había sentado y estaba de un humor muy adecuado a las circunstancias, en un estado de ánimo realmente feroz, aunque disimulado bajo la más benigna apariencia.

–Adelante, hijo mío –dijo, con voz extrañamente suave.

–¿Me habéis hecho llamar, reverendo padre? –preguntó el novicio, sonriendo gozoso al advertir la caja de metal sobre la mesa del abad.

–Si –respondió el padre, y pareció vacilar un instante–. Pero tal vez –prosiguió– preferirías que, en adelante, fuese yo a visitaros, ya que os habéis convertido en un personaje célebre.

–¡Oh, no, padre mío –exclamó el hermano Francis, muy colorado y con voz ahogada.

–Tenéis diecisiete años y, según todas las apariencias, no sois más que un imbécil.

–Sin duda alguna, reverendo padre.

–Pues, si es así, ¿qué motivos absurdos podéis tener para creeros digno de recibir las Ordenes?

–Absolutamente ninguno, venerable maestro. No soy más que un miserable pecador, cuyo orgullo es imperdonable.

–¡Y todavía añadís a vuestras faltas –rugió el abad– la pretensión de un orgullo tan grande que es imperdonable!

–Es cierto, padre mío. No soy más que un gusanillo.

El abad le dirigió una sonrisa helada y recobró su calma vigilante.

–¿Estáis, pues, dispuesto a retractaros –preguntó–, y a renegar de todas las divagaciones proferidas bajo el influjo de la fiebre, a propósito de un ángel que se os habría aparecido y os habría entregado esta... –señaló con gesto despectivo la caja de metal– esta despreciable pacotilla?

El hermano Francis dio un respingo y cerró los ojos, atemorizado.

–Temo... temo no poder hacerlo, oh maestro mío –balbuceó.

–¿Cómo?

–No puedo negar lo que han visto mis ojos, reverendo padre.

–¿Sabéis cuál es el castigo que os aguarda?

–Sí, padre mío.

–Bien está. Disponeos a recibirlo.

Con un suspiro de resignación, el novicio se levantó el hábito hasta la cintura y se inclinó sobre la mesa. Tomando entonces una sólida vara de nogal que guardaba en un cajón, el buen padre le dio diez azotes seguidos en las posaderas. (Después de cada golpe, el novicio pronunciaba, sumiso, el Deo gratias debido a la lección de humildad que le era administrada.)

–Y ahora –interrogó el abad, bajándose las mangas–, ¿estáis dispuesto a retractaros?

–Padre mío, no puedo hacerlo.

Volviéndole bruscamente la espalda, el sacerdote permaneció un instante silencioso.


–Muy bien –dijo al fin, con voz mordaz–. Como queráis. Pero no contéis en modo alguno con pronunciar votos solemnes este año, al mismo tiempo que los otros.

El hermano Francis, anegado en llanto, volvió a su celda. Los otros novicios recibieron el hábito monástico, y él, por el contrario, tendría que esperar otro año y pasar otra Cuaresma en el desierto, entre los lobos orando por una vocación que sabía que ya le había sido ampliamente otorgada...

En el transcurso de las semanas que siguieron, el desgraciado tuvo al menos el consuelo de comprobar que el abad no había estado del todo en lo cierto al calificar de «despreciable pacotilla» el contenido de la caja de metal. Estas reliquias arqueológicas habían tenido un éxito visible entre los hermanos, que consagraban mucho tiempo a la limpieza y clasificación de los útiles; también se trabajaba en la restauración de los documentos escritos y se trataba de penetrar su sentido. Incluso corría el rumor, entre la comunidad, de que el hermano Francis había realmente descubierto auténticas reliquias del beato Leibowitz, sobre todo bajo la forma del plano, o azul, que llevaba su nombre y en el cual percibíanse todavía unas manchas parduzcas. (¿Acaso sangre de Leibowitz? El padre abad opinaba que era jugo de manzana.) En todo caso, el plano estaba fechado en el Año de Gracia de 1956, es decir, parecía coetáneo del venerable fundador de la Orden.

En realidad, se sabía muy poco del beato Leibowitz; su historia se perdía entre las brumas del pasado, y la leyenda acababa de confundirla. Se afirmaba únicamente que Dios, para probar al género humano, había ordenado a los sabios de antaño –entre los que figuraba el bienaventurado Leibowitz– que perfeccionaran ciertas armas diabólicas, gracias a las cuales el Hombre, en el lapso de unas pocas semanas, había logrado destruir lo esencial de la civilización, suprimiendo al mismo tiempo un gran número de sus semejantes. Así se había producido el Diluvio de las Llamas, al que habían seguido epidemias y plagas diversas y, por último, la ola de locura colectiva que debía llevar a la Edad de la Simplificación. En el transcurso de esta última época, los últimos representantes de la Humanidad, presos de vengativo furor, habían despedazado a todos los políticos, técnicos y hombres de ciencia; además habían quemado todas las obras y documentos de los archivos que hubiesen permitido al género humano lanzarse de nuevo por las rutas de la destrucción científica. En aquel tiempo, todos los escritores, todos los hombres instruidos, habían sido perseguidos con un odio sin precedentes... hasta el punto de que la palabra «bobo» había llegado a ser sinónimo de ciudadano honrado, íntegro y virtuoso.

Para librase de las justificadas iras de los bobos supervivientes, muchos sabios y eruditos buscaron refugio bajo el manto de la Santa Madre iglesia. Esta los acogió en efecto, los vistió con hábitos monacales y se esforzó en librarlos de la persecución del populacho. Sin embargo, no siempre tuvo éxito este procedimiento, pues algunos monasterios fueron asaltados, arrojados al fuego sus archivos y textos sagrados, y ahorcados los que habían buscado refugio allí. En lo que atañe a Leibowitz, había buscado refugio entre los cistercienses. Pronunció sus votos, se hizo sacerdote y, al cabo de doce años, obtuvo autorización para fundar una nueva orden monástica, la de los «Albertinos», así llamada en recuerdo de Alberto el Grande, profesor del gran Santo Tomás de Aquino y patrón de los hombres de ciencia. La congregación recién creada debía consagrarse a la conservación de la cultura, así sagrada como profana, y sus miembros tenían por principal tarea transmitir a las generaciones venideras los escasos libros y documentos que habían escapado a la destrucción y que se mantenían ocultos en todos los rincones del mundo. No obstante, algunos bobos descubrieron que Leibowitz era un antiguo sabio, y éste sufrió el martirio de la horca. La Orden por él fundada siguió, empero, funcionando, y sus miembros, en cuanto volvió a permitirse la tenencia de documentos escritos, pudieron incluso dedicarse a reproducir de memoria las numerosas obras de tiempos pasados. Pero, como la memoria de estos analistas era forzosamente limitada (y, por lo demás, pocos de ellos poseían una cultura lo bastante vasta para comprender las ciencias físicas), los hermanos copistas consagraron sus mayores esfuerzos a los textos sagrados, así como a las obras literarias, y de cuestiones sociales. Y de este modo fue como, de todo el inmenso repertorio de los conocimientos humanos, no sobrevivió más que una mezquina colección de pequeños tratados manuscritos.

Al cabo de seis siglos de oscurantismo, los monjes seguían estudiando y copiando su mísera cosecha. Ciertamente la mayoría de los textos salvados por ellos no les eran de ninguna utilidad, e incluso algunos les resultaban totalmente incomprensibles. Pero a los buenos religiosos les bastaba con saber que en ellos se contenía el Conocimiento: su deber consistía en conservarlo y transmitirlo, aunque el oscurantismo universal tuviese que durar diez mil años...

El hermano Francis de Utah volvió al desierto, el año siguiente, y recomenzó su ayuno en la soledad. Y una vez más regresó al monasterio, débil y flaco y fue llevado a presencia del padre abad, el cual le preguntó si estaba al fin dispuesto a retractarse de sus extravagantes declaraciones.

–No puedo hacerlo, padre mío –repitió el novicio–, no puedo negar lo que he visto con mis ojos.

Y el abad, una vez más, le castigó según la regla; igualmente pospuso los votos a fecha ulterior...

Mientras tanto, los documentos contenidos en la caja habían sido confiados a un seminario para su estudio, después de copiados. Pero el hermano Francis seguía siendo un simple novicio; un novicio que no dejaba de soñar en el magnífico santuario que se construiría un día en el lugar del descubrimiento...

–¡Diabólica contumacia! –fulminaba el abad–. Si el peregrino de que nos habla ese idiota se dirigía, según se pretende, a nuestra abadía, ¿cómo es posible que no le hayamos visto...? ¡Y nada menos que un peregrino con taparrabos de arpillera!

Sin embargo esta historia del taparrabos de arpillera no dejaba de preocupar al buen padre. La tradición refería, en efecto, que al beato Leibowitz, antes de ahorcarlo le habían cubierto la cabeza con un saco de yute a guisa de capuchón.

El hermano Francis pasó siete años de noviciado y vivió en el desierto siete cuaresmas sucesivas. Gracias a este régimen, llegó a ser maestro en el arte de imitar el aullido de los lobos, y así solía, por pura diversión atraer a las manadas de fieras hasta los muros del convento, en las noches sin luna... Durante el día, se contentaba con trabajar en la cocina y fregar las baldosas del monasterio, mientras seguía estudiando a los autores antiguos.

Un buen día, un enviado del seminario llegó a la abadía montado en un asno y trayendo una noticia que produjo gran alegría:

–Ahora estamos ya seguros –anunció– de que los documentos encontrados cerca de aquí se remontan a la fecha indicada, y de que el plano, en especial, tiene alguna relación con la carrera de nuestro bienaventurado fundador. Ha sido enviado al Nuevo Vaticano, donde será objeto de un estudio más profundo.

–Así pues –interrogó el abad–, ¿puede tratarse a fin de cuentas de una reliquia verdadera de Leibowitz?

Pero el mensajero, poco deseoso de contraer responsabilidades se limitó a enarcar las cejas.

–Se dice de que Leibowitz era viudo cuando fue ordenado –dijo, dando un rodeo–. Naturalmente, si se pudiera descubrir el nombre de su difunta esposa...

Entonces el abad, recordando la noticia en que figuraba un nombre de mujer, enarco las cejas a su vez y sonrió.

Poco después mandó llamar al hermano Francis.

–Hijo mío –le dijo con aire positivamente satisfecho–, creo que ha llegado el momento de que pronunciéis por fin los votos solemnes. Séame permitido, en esta ocasión, felicitaros por la paciencia y la firmeza de intención de que nos habéis dado continuas pruebas. Desde luego, no volverá a hablarse de vuestro... ejem... encuentro con un... ejem... caminante del desierto. Sois un bobo de los buenos, y podéis arrodillaros si queréis recibir mi bendición.

El hermano Francis lanzó un profundo suspiro y se desmayó abrumado de emoción. El padre le bendijo, y después le reanimó y le permitió pronunciar sus votos perpetuos: pobreza, castidad, obediencia... y observación de la regla.

Algún tiempo después de aquello, el nuevo profesor de la orden albertina de los hermanos de Leibowitz fue destinado a la sala de los copistas, bajo la dirección de un monje anciano llamado Horner, y allí se puso a decorar concienzudamente las páginas de un tratado de álgebra con bellas estampas representando ramas de olivo y querubines mofletudos.

–Si lo deseáis –le anunció el viejo Horrner con su voz cascada–, podéis consagrar cinco horas de vuestro tiempo, todas las semanas, a una labor de vuestra elección... previa aprobación, naturalmente. En caso contrario, destinaréis estas cinco horas de trabajo facultativo a copiar la Summa Theologica1, así como los fragmentos de la Encyclopedia Britannica que han llegado hasta nosotros.

Después de reflexionar un rato, el joven monje preguntó:

–¿Podría consagrar estas horas a sacar una bella copia del plano de Leibowitz?

–No lo sé, hijo mío –respondió el hermano Horner, frunciendo las cejas–. Es este un asunto en el cual nuestro excelente padre se muestra un poco quisquilloso, ya lo sabéis... En fin –concluyó, antes las súplicas del joven copista–, os lo voy a permitir, ya que se trata de un trabajo que no os robará mucho tiempo.

El hermano Francis se proveyó, pues, del mejor pergamino que pudo encontrar y pasó varias semanas rascando y puliendo las piel con una piedra plana, hasta darle la blancura resplandeciente de la nieve. Después consagró otras semanas al estudio de las copias del precioso documento, hasta que se supo de memoria todos el trazado y todo el misterioso embrollo de líneas geométricas y de símbolos incomprensibles. Por fin se sintió capaz de reproducir, con los ojos cerrados, toda la asombrosa complejidad del documento. Entonces, pasó todavía varias semanas hurgando en la biblioteca del monasterio para descubrir documentos que le permitieran hacerse una idea, siquiera vaga, de la significación del plano.

El hermano Jeris, joven monje que trabajaba igualmente en la sala de copistas y se había burlado muchas veces de él y de sus misteriosas apariciones en el desierto, le sorprendió un día que se hallaba entregado a aquella tarea.

–¿Puedo preguntaros –le dijo, inclinándose sobre su hombro– lo que significa la frase «Mecanismo de Control Transistorial para Elemento 6-B»?

–Es, evidentemente, el nombre del objeto representado en el plano –respondió el hermano Francis, con cierta aspereza, pues el hermano Jeris no había hecho más que leer en alta voz el título del documento.

–Sin duda... Pero, ¿qué representa el diseño?

–Pues... el mecanismo del control transistorial de un elemento 6-B, ¡naturalmente!

El hermano Jeris se echo a reír, y el joven copista enrojeció.

–Supongo –prosiguió– que el diseño representa en realidad algún concepto abstracto. En mi opinión, este Mecanismo de Control Transistorial debía ser una abstracción trascendental.

–¿Y en qué orden de conocimiento clasificaréis vuestra abstracción? –quiso saber Jeris, siempre sarcástico.

–Pues bien, veamos... –El hermano Francis vaciló un instante y después prosiguió–: Teniendo en cuenta los trabajos que realizaba el bienaventurado Leibowitz antes de entrar en religión, yo diría que el concepto de que aquí se trata tiene relación con le arte, hoy desaparecido, que antaño llamaban electrónica.

–Este nombre figura, en efecto, en los textos escritos que nos han sido transmitidos. Pero, ¿qué significa exactamente?

–Nos lo dicen los propios textos: el objeto de la electrónica es la utilización del Electrón, que en uno de los manuscritos que poseemos, desgraciadamente incompleto, se define como una Torsión de la Nada Cargada Negativamente2.

–Vuestros conocimientos me llenan de asombro –encomió Jeris–. ¿Puedo preguntaros ahora lo que significa la negación de la nada?

El hermano Francis, cada vez más sofocado, empezó a balbucear.

–La torsión negativa de la nada –prosiguió el implacable Jeris– debe llevar forzosamente a algo positivo. Supongo, pues, hermano Francis, que lograréis fabricarnos este algo, si dedicáis a ello todos vuestros esfuerzos. Gracias a vos, llegará indudablemente el día en que poseeremos el famoso Electrón. Pero, ¿qué haremos con él? ¿Dónde lo pondremos? ¿Acaso en el altar mayor?

–No lo sé –respondió el hermano Francis, que empezaba a amoscarse–, como tampoco sé lo que era un Electrón ni para que servía. Sólo tengo la convicción profunda de que la cosa debió existir en algún tiempo. Esto es todo

Con una risa burlona, Jeris, el iconoclasta, le dejó y volvió a su trabajo. El incidente entristeció al hermano Francis, pero sin apartarle lo más mínimo del proyecto que se había trazado. En cuanto hubo asimilado la escasa información que podía proporcionarle la biblioteca del monasterio sobre el arte perdido en que se había inspirado Leibowitz, esbozó algunos anteproyectos del plano que se proponía estampar en su pergamino. En cuanto al propio diseño, como no podía penetrar su significado, lo reproduciría tal cual se mostraba en el documento original. Para ello, emplearía tinta negra; por el contrario en la reproducción de las cifras y leyendas del plano adoptaría tintas de colores y caracteres de fantasía. Decidió igualmente, romper la austera y geométrica monotonía del original, adornando la reproducción con palomas y querubines, verdes hojas de parra, frutos dorados y pájaros multicolores, amén de una astuta serpiente. En la parte alta de su obra, trazaría una representación simbólica de la Santísima Trinidad, y al pie, haciendo juego, el dibujo de la cota de malla que era emblema de su Orden. Así se dignificaría debidamente el Mecanismo de Control transistorial del beato Leibowitz, y su mensaje hablaría a los ojos al mismo tiempo que al espíritu.

Cuando hubo terminado el boceto preliminar, lo sometió tímidamente a la aprobación del hermano Horner.

–Advierto –dijo el viejo monje, en un tono matizado de cierto remordimiento– que este trabajo os ocupará mucho más tiempo de lo que había calculado... Pero, ¡qué importa! Proseguid. El dibujo es bello, bellísimo.

–Gracias, hermano.

El hermano Horner guiñó un ojo al joven religioso.

–Me he enterado –le dijo confiadamente– de que han decidido activar las formalidades necesarias para la canonización del beato Leibowitz. Por lo tanto, es probable que nuestro excelente Padre se sienta ahora mucho menos inquieto acerca de lo que vos sabéis.

Desde luego, todo el mundo estaba al corriente de esta importante noticia. La beatificación de Leibowitz era desde hacía tiempo un hecho consumado, pero las últimas formalidades que debían convertirle en santo podían requerir aún un buen número de años. Además, siempre era de temer que el Abogado del Diablo descubriese algún motivo que hiciese imposible la canonización proyectada.

Al cabo de largos mese, el hermano Francis puso al fin manos a la obra, trazando amorosamente en el bello pergamino los finos arabescos, las volutas complicadas y las elegantes iluminaciones realizadas con panes de oro. Había emprendido un trabajo muy laborioso, que requería muchos años para ser llevado a buen fin. Naturalmente, los ojos del copista se resintieron de la dura prueba, y tuvo que interrumpir a veces su labor durante largas semanas, por miedo de que un error debido a la fatiga echase a perder toda la obra. Sin embargo, el trabajo iba tomando forma poco a poco, y adquiría una belleza tan grandiosa que todos los monjes de la abadía acudían a contemplarlo, admirados. Sólo el escéptico hermano Jeris seguía con sus críticas.

–Me pregunto –decía– por qué no consagráis vuestro tiempo a algo útil.

Esto era, al menos, lo que el hacía, puesto que fabricaba pantallas de pergamino decorado para las lámparas de aceite de la capilla.

Mientras tanto, el viejo hermano Horner cayó enfermo y declino rápidamente. Llegados los primeros días de Adviento, sus hermanos cantaron para él la Misa de Difuntos, y entregaron sus restos mortales a la tierra original. El abad nombró el hermano Jeris para suceder al difunto en la dirección de los copistas, y el envidioso lo aprovechó en seguida para ordenar al hermano Francis que abandonara su obra maestra. Ya era hora, le dijo, de que dejara sus puerilidades; ahora fabricaría pantallas. El hermano Francis puso a buen recaudo el fruto de sus veladas y obedeció sin chistar. Mientras pintaba sus pantallas, se consolaba pensando que todos somos mortales... Sin duda, un día el alma del hermano Jeris iría a juntarse en el Paraíso con la del hermano Horner, pues, a fin de cuentas, la sala de los copistas no era más que la antecámara de la Vida Eterna. Entonces, Dios mediante, podría reanudar su interrumpida obra maestra.

Sin embargo, la divina Providencia tomó cartas en el asunto mucho antes de la muerte del hermano Jeris. Durante el verano siguiente, un obispo montado en un mulo y acompañado de un nutrido séquito de dignatarios eclesiásticos llegó a llamar a la puerta del monasterio. El Nuevo Vaticano –anunció– le había nombrado abogado de la canonización de Leibowitz y solicitaba del padre abad todos los informes que pudieran servirle de ayuda en su misión; en particular, deseaba obtener algunas aclaraciones sobre una aparición del beato, con la que se decía había sido honrado un cierto hermano Francis Gerard de Utah.

El enviado del Nuevo Vaticano fue calurosamente recibido como merecía su dignidad. Fue alojado en el departamento reservado a los prelados que visitaban el monasterio, y seis novicios fueron puestos a su servicio. Se descorcharon en su honor las mejores botellas, se asaron los más delicados volátiles, e incluso se atendió a sus distracciones, contratando todas las noches a varios violinistas y a toda una compañía de payasos.

Hacía tres días que el obispo se encontraba allí cuando el buen padre abad llamó a su presencia al hermano Francis.

–Monseñor Di Simone desea veros –dijo–. Si por desgracia dais rienda suelta a vuestra imaginación, haremos cuerdas de violín con vuestras tripas, arrojaremos vuestro cadáver a los lobos y enterraremos vuestros huesos en tierra no sagrada... Ahora, hijo mío, id en paz. Monseñor os espera.

El hermano Francis no necesitaba la advertencia del buen padre para contener la lengua. Desde el día ya lejano en que la fiebre le había hecho locuaz después de su primera Cuaresma en el desierto, se había guardado muy bien de decir una palabra sobre el encuentro con el peregrino. Pero le emocionaba el comprobar que las altas jerarquías eclesiásticas se interesaban bruscamente por el peregrino, y por ello el corazón le latía fuertemente al llegar a presencia del obispo.

Sin embargo, sus temores resultaron infundados. El prelado era un anciano de aire paternal, que pareció interesado ante todo en la carrera del frailuco.

–Y ahora –le dijo al cabo de un rato de amable charla– habladme de vuestro encuentro con le bienaventurado fundador.

–¡Oh, Monseñor! Yo no he dicho nunca que se tratase del beato Lei...

–Claro, claro, hijo mío... Aquí traigo un proceso verbal de la aparición. Ha sido redactado de acuerdo con informaciones recogidas en las mejores fuentes. Sólo os pido que lo leáis. Después, confirmaréis su exactitud, o lo corregiréis, en caso necesario. Este documento se apoya sólo en referencias. En realidad, sólo vos podéis decirnos lo que ocurrió exactamente. Os pido que lo leáis con mucha atención.

El hermano Francis tomó el grueso legajo que le tendía el prelado y empezó a leer el relato oficial con creciente aprensión, que no tardó en convertirse en verdadero espanto.

–Parecéis trastornado, hijo mío –observó el obispo–. ¿Habéis observado acaso algún error?

–Es que... es que... no es esto... Las cosas no pasaron así... ¡en absoluto! –gimió el desdichado fraile, aterrado–. Yo no le vi más que una vez, y se limitó a preguntarme el camino a la abadía. Después golpeó con el bastón la piedra bajo la cual descubrí las reliquias...

–Entonces, si he comprendido bien, ¿no hubo coro celestial?

–Oh, no.

–¿Ni una aureola alrededor de su cabeza, ni una alfombra de flores que se iba extendiendo bajo sus pies a medida que andaba?

–Ante Dios que me está viendo, Monseñor, ¡afirmo que nada de esto se produjo!

–Bueno, bueno –dijo el obispo, suspirando–. Ya sé que las historias que cuentan los viajeros son siempre exageradas...

Como parecía desilusionado, el hermano Francis se apresuró a excusarse, pero el abogado del futuro santo le tranquilizó con un ademán.

–No importa, hijo mío –le aseguró–. A Dios gracias, no faltan milagros, debidamente comprobados. Por otra parte, los documentos que descubristeis nos han sido de utilidad, puesto que nos han permitido conocer el nombre de la esposa de vuestro venerable fundador, que murió, como bien sabéis, antes de que él entrase en religión.

–¿De veras, Monseñor?

A pesar de su visible desencanto ante el relato que de su encuentro con el peregrino le había hecho el joven fraile, monseñor Di Simone no pasó menos de cinco días enteros en el lugar en que Francis había descubierto la caja de metal. Le acompañaba una cohorte de jóvenes novicios, armados de palas y picos... Después de mucho cavar, el obispo regresó a la abadía, al atardecer del quinto día, con un rico botín de objetos diversos, entre los cuales se contaba una vieja caja de aluminio que aún contenía restos de un masa gelatinosa seca que tal vez había sido antaño berza en conserva.

Antes de partir de la abadía, visitó la sala de los copistas y quiso ver la reproducción hecha por el hermano Francis del famoso azul de Leibowitz. El monje entre protestas de que la cosa no valía la pena, se lo mostró con mano temblorosa.

–¡Canastos! –exclamó el obispo (o al menos esto fue lo que creyeron oír)–. Hay que terminar este trabajo, hijo mío, ¡hay que terminarlo!

Sonriendo, el fraile buscó la mirada del hermano Jeris. Pero el otro se apresuró a volver la cabeza. Al día siguiente, el hermano Francis volvía a su trabajo, con grandes refuerzos de plumas de oca, panes de oro y pinceles diversos.

...Seguía trabajando en ello cuando una nueva delegación del Vaticano se presentó en el monasterio. Esta vez, la comitiva era numerosa, e incluso había en ella guardias armados para rechazar los ataques de los salteadores. Al frente de ella, montado en una mula negra, se erguía un prelado de pequeños cuernos y colmillos acerados (al menos, así lo afirmaron varios novicios). Declaró ser el Advocatus Diaboli, encargado de oponerse por todos los medios a la canonización de Leibowitz, y explico que el objeto de su visita a la abadía era investigar ciertos rumores absurdos, propalados por frailucos histéricos, que habían llegado hasta las autoridades supremas del Nuevo Vaticano. Sólo con ver al emisario, uno se daba cuenta en seguida de que no era hombre capaz de dejarse engatusar.

El abad le recibió cortésmente y le ofreció una pequeña cama metálica en una celda orientada al Sur, excusándose de no poder aposentarle en el departamento de honor, provisionalmente inhabilitado por razones de higiene. El nuevo huésped tuvo que contentarse, para su servicio, con las personas de su séquito, y compartió, en el refectorio, el yantar ordinario de los monjes: hierbas cocidas y caldo de raíces.

–He oído decir que padecéis crisis nerviosas, con pérdida del sentido –le dijo al hermano Francis, cuando el fraile compareció ante él–. ¿Cuántos locos o epilépticos ha habido entre vuestros antepasados o parientes?

–Ninguno, Excelencia.

–¡No me llaméis Excelencia! –rugió el dignatario–. Y tened el convencimiento de que no me costará nada que contestéis la verdad.

Hablaba de esta formalidad como de una intervención quirúrgica de las más vulgares, y pensaba, por lo visto, que habría de realizarse años atrás.

–Sabéis sin duda –prosiguió– que existen procedimientos para hacer que los documentos nuevos parezcan antiguos, ¿no es cierto?

El hermano Francis lo ignoraba.

–Sabéis igualmente que la esposa de Leibowitz se llamaba Emily, y que Emma no es, en absoluto diminutivo de aquel nombre, ¿verdad?

Francis tampoco estaba muy informado de esto. Recordaba únicamente que sus padres, cuando él era niño, empleaban a veces ciertos diminutivos un poco a la ligera... «además –dijo para sí–, si el beato Leibowitz, a quien Dios bendiga, decidió llamar Emma a su mujer, estoy seguro de que tuvo sus razones...»

Entonces el enviado del Nuevo Vaticano la emprendió con un curso de semántica, tan furioso y tan vehemente que el desdichado frailuco creyó perder la razón. Al terminar la tormentosa sesión, no sabía siquiera si era cierto o no que hubiese visto un día un peregrino.

Antes de partir, el Abogado del Diablo quiso ver también la copia iluminada que había hecho Francis, y el desdichado se la mostró, con la muerte en el alma. Por lo pronto, el prelado se quedó asombrado; después tragó saliva y pareció que hacía un esfuerzo para decir algo.

–Ciertamente, no carecéis de imaginación –dijo–. Pero creo que esto lo sabían ya todos los de aquí.

Los cuernos del emisario habían menguado varios centímetros y el hombre partió aquella misma tarde hacía el Nuevo Vaticano.

...Y fueron transcurriendo los años, añadiendo algunas arrugas a los rostros jóvenes y algunas canas a las sienes de los frailes. En el monasterio, la vida seguía su curso, y los monjes continuaban sumidos en sus copias, como en tiempos pasados. Un buen día, el hermano Jeris concibió el proyecto de construir una prensa de imprimir. Cuando el abad le preguntó el motivo, sólo supo responder:

–Para aumentar la producción.

–¿Ah, sí? –replicó el padre–. ¿Y de qué creéis que servirán vuestros papelotes en un mundo en que la gente se considera dichosa de no saber leer? ¿Tal vez pensáis venderlos a los campesinos para encender el fuego, no?

Mortificado, el hermano Jeris encogió tristemente los hombros... y los copistas del monasterio siguieron trabajando con plumas de oca...

Por, fin un mañana de primavera, poco antes de Cuaresma, se presentó un nuevo mensajero en el monasterio trayendo una buena, excelente noticia: el expediente para la canonización de Leibowitz estaba ya completo; el Sacro Colegio no tardaría en reunirse, y el fundador de la Orden Albertina figuraría pronto entre los santos del calendario.

Mientras se regocijaba toda la comunidad, el padre abad –ahora ya muy viejo y bastante complaciente– hizo llamar al hermano Francis.

–Su Santidad requiere vuestra presencia en las fiestas que van a celebrarse con motivo de la canonización de Isaac Edward Leibowitz –murmuró–. Disponeos a partir.

Y añadió en tono gruñón:

–Si queréis desmayaros, ¡hacedlo en otra parte!

El viaje del fraile a Nuevo Vaticano le llevaría al menos tres meses, o acaso más: todo dependería de la distancia que pudiese cubrir antes de que los inevitables salteadores lo privaran de su asno.

Partió solo y desarmado, provisto únicamente de unas alforjas de mendicante. Apretaba contra su corazón la copia iluminada del plano de Leibowitz, y rogaba a Dios que no se la robasen. Claro que los bandoleros eran gente ignorante y no habrían sabido qué hacer con ello... Sin embargo, y por precaución, el fraile se había tapado un ojo con un trocito de paño negro. Los campesinos eran supersticiosos y la amenaza del «mal de ojo» bastaba a veces para ponerlos en fuga.

Después de dos meses y algunos días de viaje, el hermano Francis tropezó con su ladrón en un sendero montañoso, rodeado de bosques espesos y lejos de todo lugar habitado. Era un hombre de corta talla, pero robusto como un buey. Separadas las piernas y cruzados los poderosos brazos sobre el pecho, esperaba en medio del sendero la llegada del fraile, que avanzaba hacía él, al paso lento de su montura... Parecía estar solo y no llevaba más arma que un cuchillo, que ni siquiera se sacó de la cintura. Aquel encuentro produjo al monje una profunda desilusión; en lo más hondo de su corazón, a lo largo de todo el camino, no había dejado de esperar que encontraría un día al peregrino de antaño.

–¡Alto!– ordenó el ladrón.

El asno se detuvo por su cuenta. El hermano Francis se alzó la capucha para mostrar el parche negro y se llevó lentamente la mano al ojo, como dispuesto a descubrir un horrible espectáculo disimulado por el paño. Pero el hombre echó la cabeza atrás y lanzó una risotada siniestra y realmente satánica. El fraile se apresuró a mascullar un exorcismo, cosa que tampoco pareció impresionar al ladrón.

–Eso hace ya años que no sirve –le dijo–. Vamos, apéate.

El hermano Francis se encogió de hombros, sonrió y se apeo de su montura sin protestar.

–Buenos días, señor –dijo, en amable tono–. Podéis llevaros el asno. Me sentará bien andar un poco.

Y ya se alejaba cuando el ladrón le cerró el paso.

–¡Espera! ¡Desnúdate completamente y déjame ver lo que llevas en ese paquete!

El monje le mostró sus alforjas, con un pequeño ademán de excusa, pero el otro se echó a reír a más y mejor.

–¡También conozco el truco de la pobreza! –dijo a su víctima en tono sarcástico–. El último mendigo que detuve llevaba medio kilo de oro encima... Vamos, pronto, ¡desnúdate!

Cuando el fraile lo hubo hecho, el hombre registró sus vestiduras, no encontró nada y se las devolvió.

–Ahora –prosiguió–, veamos ese paquete.

–No es más que un documento que carece de valor para quien no sea su dueño.

–¡Abre el paquete, te he dicho!

El hermano Francis obedeció sin chistar y pronto resplandecieron bajo el sol las iluminaciones del pergamino. El ladrón lanzó un silbido de admiración.

–¡Qué bonito! A mi mujer le gustará para colgarlo en la pared de la choza.

El pobre fraile, al oírlo, sintió que le fallaba el corazón y se puso a murmurar una plegaria silenciosa: «Si lo has enviado Tú, Señor, para probarme –suplicó desde lo más profundo de su alma–, dame al menos el valor de morir como un hombre, pues, si está escrito que tiene que robármelo, ¡tendrá que hacerlo al cadáver de Tu indigno siervo!»

–¡Envuélvemelo! –ordenó de pronto el ladrón, que sabía lo que quería.

–Os lo ruego, señor –gimió el hermano Francis–, ¿cómo podéis privar a un pobre hombre de una obra en la que ha empleado toda su vida...? Quince años he pasado iluminando este manuscrito y...

–¿Cómo? –le interrumpió el ladrón–. ¿Lo has hecho tú mismo?

Y se desternilló de risa.

–No comprendo, señor –replicó el monje, enrojeciendo ligeramente–, lo que puede tener de gracioso...

–¡Quince años! –exclamó el hombre, entre dos accesos de risa–. ¡Quince años! ¿Y por qué?, te pregunto. ¡Por un pedazo de papel! ¡Quince años...! ¡Ja, ja!

Y asiendo con ambas manos la hoja iluminada, se dispuso a desgarrarla. Entonces el hermano Francis de dejó caer de rodillas en medio del sendero.

–¡Jesús, María y José! –exclamó–. ¡Os lo suplico, señor, en nombre del Cielo!

El ladrón pareció ablandarse un poco; arrojando el pergamino al suelo, preguntó burlón:

–¿Estarías dispuesto a luchar por tu pedazo de papel?

–¡Lo que queráis señor! ¡Haré todo lo que queráis!

Ambos se pusieron en guardia. El fraile se santiguó precipitadamente e invocó al Cielo, recordando que antaño la lucha había sido un deporte autorizado por la divinidad... Después se lanzó al combate.

Tres segundos más tarde yacía sobre los puntiagudos guijarros que le laceraban el espinazo, medio asfixiado bajo una pequeña montaña de duros músculos.

–¡Ya está! –dijo, modestamente, el ladrón, levantándose y cogiendo el pergamino.

Pero el fraile se arrastró de rodillas, juntando las manos y ensordeciéndole con sus súplicas desesperadas.

–Creo –se burló el ladrón– que serías capaz de besarme los zapatos con tal de que te devolviese el dibujo.

Por toda respuesta, el hermano Francis le alcanzó de un salto y empezó a besar fervorosamente las botas del vencedor.

Esto era ya demasiado, incluso para un pillastre de siete leguas. Lanzó un juramento, arrojó el manuscrito al suelo, montó en el asno y se alejó... Inmediatamente, el hermano Francis se lanzó sobre el documento y lo recogió del suelo. Después trotó detrás del hombre, implorando para él todas las bendiciones del cielo, dando gracias al Señor por haber creado malandrines tan desinteresados.

Sin embargo, cuando el ladrón y su asno hubieron desaparecido en la arboleda, el monje empezó a preguntarse, con un poco de tristeza, por qué razón, en efecto, había consagrado quince años de su vida a este pedazo de pergamino... Las palabras del ladrón resonaban aún en sus oídos: «¿Y por qué?, te pregunto...» Sí, ¿por qué?, ¿por qué razón?

El hermano Francis reanudó su camino, pensativo y con la cabeza gacha bajo el capuchón... Incluso hubo un momento en que se le ocurrió la idea de arrojar el documento entre los matorrales y dejarlo allí, bajo la lluvia... Pero el padre abad había aprobado su deseo de entregarlo a las autoridades de Nuevo Vaticano, a modo de presente. El monje pensó que no podía presentarse allí con las manos vacías, y, ya serenado, prosiguió el camino.

Había llegado el momento. Perdido en la inmensa y majestuosa basílica, el hermano Francis se hallaba sumido en la prestigiosa magia de colores y sones. Después de invocar el Espíritu infalible, símbolo de toda perfección, se levantó un obispo –el monje advirtió que era monseñor Di Simone, abogado del santo–, quien pidió a san Pedro que se pronunciara, por medio de S.S. León XXII, y ordenó a todos los reunidos que prestaran oído atento a las solemnes palabras que iban a ser pronunciadas.

Un momento después, el papa se levantó despacio y proclamó que Isaac Edward Leibowitz debía ser en adelante venerado como santo. Asunto concluido. El oscuro técnico de antaño formaba ya parte de la celeste falange. El hermano Francis dirigió en seguida una devota plegaria a su nuevo patrón, mientras el coro cantaba el Te Deum.

Un rato más tarde, y andando con un paso vivo, el Soberano Pontífice apareció tan bruscamente en la sala de audiencias donde esperaba el frailuco, que la sorpresa cortó el resuello al hermano Francis, privándole del uso de la palabra. Se arrodilló apresuradamente para besar el anillo del Pescador y recibir la bendición, y después se levantó torpemente, sin saber qué hacer con el bello pergamino iluminado que sostenía detrás de la espalda. Comprendiendo el motivo de su turbación, el papa sonrió.

–¿Acaso nuestro hijo nos trae un presente? –preguntó.

El monje farfulló algo ininteligible; asintió estúpidamente con la cabeza y por fin alargó su manuscrito, que el Vicario de Cristo observó largamente sin decir palabra y con rostro impasible.

–No es nada –masculló el hermano Francis, que sentía aumentar su turbación a medida que se prolongaba el silencio del Pontífice–, no es más que una pequeñez, un miserable presente... Incluso me avergüenzo de haber pasado tanto tiempo en...

Se detuvo en seco, ahogado por la emoción.

Pero el papa parecía no haber oído.

–¿Comprendes el significado del simbolismo empleado por san Isaac?– preguntó al fraile, sin dejar de examinar con curiosidad el misterioso trazado del plano.

El hermano Francis, por toda respuesta, sacudió negativamente la cabeza.

–Sea cual fuere su significación... –comenzó el papa; pero se interrumpió de golpe y empezó a hablar de otra cosa.

Si habían hecho al fraile el honor de recibirle, le explicó, no era porque las autoridades eclesiásticas se hubiesen formado una opinión oficial sobre el peregrino que el monje había visto... El hermano Francis había sido tratado de esta suerte porque se le quería recompensar por el hallazgo de importantes documentos y reliquias. Así se había juzgado su hallazgo, sin tener absolutamente en cuenta las circunstancias que lo acompañaron.

–Sea cual fuere su significación –repitió al fin–, este fragmento de saber, muerto en la actualidad, recobrará vida algún día.

Sonriendo, dirigió al monje un pequeño guiño.

–Y nosotros lo conservaremos celosamente hasta que aquel día llegue –concluyó.

Sólo entonces advirtió el hermano Francis que la sotana blanca del papa tenía un agujero y que todas sus vestiduras estaban bastante usadas. La alfombra de la sala de audiencias estaba también muy raída en algunos sitios, y el yeso del techo se caía visiblemente a pedazos.

Pero en las estanterías que se veían a lo largo de los muros, había libros, libros enriquecidos con admirables iluminaciones, libros que trataban de cosas incomprensibles, libros pacientemente copiados por hombres cuya tarea no consistía en comprender, sino en conservar. Y estos libros esperaban que llegase su hora.

–Adiós, mi querido hijo.

El humilde guardián de la llama del saber marchó a pie a su lejana abadía... Cuando se acercó a la comarca en que merodeaba el ladrón, se sintió llenó de alegría. Si aquel día el ladrón estaba de descanso, se sentaría a esperar su regreso. Porque esta vez sabía ya lo que tenía que responder a su pregunta.



1Evidentemente, se refiere a la Suma de Santo Tomás de Aquino.

2 Definición exacta (dada por el profesor León Brillovin, y utilizada por Robert Andrews Mullikan, premio Nobel). Resulta incomprensible se se desconoce el contexto, o sea, toda la compleja estructura de nuestra Física.


Walter M. Müller.

2 comentarios:

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